Nancy Godoy: la maestra que se comprometía con la vida de las/os alumnas/os.
Comprendía sus dificultades y transformaba la escuela en un refugio frente a las injusticias. La pedagoga y escritora Herminia Brumana escribió: “Denle libros a la juventud, muchos libros a la mujer, libros para las multitudes, libros para luchar, para vivir y denle a los pueblos tantos libros que nunca se cansen de saber.” El femicidio de Nancy Godoy no puede leerse como un hecho aislado ni como una tragedia individual. Ocurre en un tiempo en que las desigualdades que atraviesan la vida de las mujeres son cada vez más negadas desde los discursos públicos; en un contexto donde las políticas de género son cuestionadas, desmanteladas o presentadas como innecesarias, mientras miles de mujeres continúan sosteniendo en soledad tareas esenciales de cuidado, protección y acompañamiento comunitario. Trabajos imprescindibles para la vida colectiva, pero escasamente reconocidos, insuficientemente protegidos y muchas veces desarrollados en condiciones de extrema vulnerabilidad. Nancy Godoy era una de esas mujeres. Tenía 52 años, era docente y directora suplente de una escuela rural en el paraje El Malezal, en el departamento correntino de Esquina. El 7 de octubre envió el último mensaje a su hijo. Después de esa comunicación comenzó una incertidumbre que se prolongó durante veintiún días. Su familia, sus compañeros, la comunidad educativa y cientos de vecinos participaron de una búsqueda desesperada que recorrió caminos rurales, montes y esteros. El 28 de octubre la noticia confirmó el peor desenlace: Nancy había sido hallada muerta. El impacto atravesó a toda la sociedad, pero golpeó especialmente al mundo docente, que reconoció en su historia algo más que un crimen: el símbolo de una realidad marcada por el abandono, la desigualdad y la fragilidad en la que muchas mujeres desarrollan su trabajo cotidiano. Detrás de la noticia policial había una vida dedicada a la educación. Para comprender quién fue Nancy Godoy es necesario apartarse por un momento de los expedientes judiciales y mirar el camino que recorría cada día para llegar a la escuela, las dificultades que enfrentaba para sostener las clases, las faltas materiales con las que convivía y el compromiso con el que recibía a cada estudiante. Porque Nancy representaba a una generación de maestras rurales que, aun cuando las instituciones fallan, siguen haciendo de la escuela una presencia del Estado allí donde muchas veces no hay nada más. La escuela rural es mucho más que un edificio. Es un espacio de encuentro, de contención y de construcción comunitaria. Quienes trabajan en ella conocen cada familia, cada dificultad y cada historia personal. En contextos donde las matrículas suelen ser reducidas, la tarea docente se multiplica: enseñar, gestionar, acompañar, contener y muchas veces resolver problemas que exceden ampliamente la labor pedagógica. Las condiciones en las que Nancy desarrollaba su tarea evidenciaban las dificultades que enfrentan numerosas escuelas rurales. Los problemas edilicios, la falta de mantenimiento y la dependencia de la colaboración de las familias eran parte de una realidad que ella no ocultaba. Por el contrario, la señalaba con valentía porque entendía que defender la escuela era también defender el derecho a la educación de sus estudiantes. Cada jornada implicaba superar obstáculos. Hacer posible la llegada de los alumnos, garantizar el funcionamiento de la institución y sostener proyectos educativos en un contexto adverso requería una dedicación extraordinaria. Sin embargo, quienes conocieron a Nancy destacan que nunca perdió de vista el sentido de su tarea: educar con amor, compromiso y responsabilidad. Por eso, su muerte no constituye solamente un duelo para sus familiares, amigos y compañeros de trabajo. Es una herida profunda para toda la educación argentina. Porque docentes como Nancy son las que hoy se necesitan: maestras capaces de sostener la escuela en los territorios más olvidados, de convertir las dificultades en compromiso y de hacer de la enseñanza un acto de amor y de justicia. Su ausencia deja un vacío imposible de llenar. Pero también interpela a toda la sociedad. ¿Qué ocurre cuando una maestra debe sostener casi sola una institución educativa? ¿Qué sucede cuando las tareas de cuidado, de acompañamiento y de protección comunitaria recaen sobre mujeres cuyas propias condiciones de seguridad son ignoradas? La historia de Nancy Godoy expone las múltiples formas de abandono que atraviesan los territorios rurales: la precariedad de la infraestructura escolar, las grandes distancias, la escasez de recursos y la fragilidad de las redes institucionales destinadas a proteger a quienes trabajan en ellas. Su femicidio no sólo arrebató una vida. También dejó al descubierto una realidad que suele permanecer invisible. Allí, en los márgenes donde la escuela continúa siendo el principal espacio de encuentro comunitario, Nancy sostuvo durante años una tarea indispensable para la sociedad. Por eso su nombre trasciende el dolor de una pérdida individual. Nancy Godoy representa a las miles de docentes que cada día recorren caminos difíciles para garantizar un derecho fundamental. Y su ausencia constituye una herida profunda para la educación argentina, porque maestras como ella no sólo enseñan: construyen comunidad, protegen a las infancias y mantienen viva la promesa de una escuela pública capaz de llegar donde tantas otras presencias del Estado faltan.
